viernes, 4 de noviembre de 2016

Un poema de Nicolás del Hierro sobre el río Bullaque.

El año 1999 varias personas pusimos en marcha una iniciativa consistente en publicar un libro de poesías. Tendría el expresivo título de "Poesía para salvar ríos". Los coordinadores éramos Nicolás del Hierro, Luis Vicente Gutiérrez y yo. Nicolás del Hierro, además de coordinar, publicó dos poemas sobre el río Bullaque.

LAVANDERAS DEL BULLAQUE



Antes que la añoranza de estos años
fueron los peces de agua viva, presos
en una cesta,un gozo de segundos,
que a la limpia chorrera, ágiles, luego
devolvíamos. Niños, luz de sanas
ilusiones, vivíamos el sueño
de unas madres que fruto condensaban 
en la ternura ingente de su esfuerzo.
Porque habían bajado con sus rollos
de ropa hasta las aguas, a los predios
que la pasión del río en las riberas
su caricia dejaba y su embeleso.
Llegaban con su triunfo hasta las claras
orillas, hasta el cauce de su anhelo,
y extraían sus manos, en la piedra,
la blancura total del universo.

Copo de nieve al sol la ropa, al junco,
a la juncia y al césped, al cantueso
abrazos les brindaba; pentagramas
en la armonía dulce de un concierto
de brisas y alamedas, libre escala,
que al acorde de nutrias y jilgueros
embellecían su labor de hogar
con el laúd del agua en sus regueros.

El río allí, y nosotros, siempre al lado
de quien el ser nos diera, comprendiendo
que había en su trabajo las esencias,
las mieles y el calor de todo un tiempo
preñado de contrastes y bellezas,
esperanzas de grávidos ensueños.
El Bullaque, agua limpia del Bullaque,
su impoluta blancura en tendederos
de prados y junqueras a la ropa
brindaba, le ofertaba tras el beso
y la rubia caricia del dios/luz.

Eran las madres, bajo el sauce viejo
que acariciaba el agua en su desmayo,
lavanderas de amor en su concierto.
Admiraban su triunfo de lavado,
elogiaban del agua su provecho.
Devotas del blancor y los aromas
naturales, al campo/dios sus rezos
elevaban: el río era su fe;
iconos de su altar, el Sol y el viento.

Mientras, niños, nosotros, emulando
los tallos de brisa, a los espejos
del agua, en los regatos, le extraíamos
la libélula dulce del ensueño:
jugábamos a ser barcos y peces,
renacuajos de plata en los regueros:
jugábamos a ser el imposible
caballito de mar, potros de fuego...
Ilusiones ilusas e ilusorias,
un tiempo donde el tiempo era más tiempo.

...Y, profetas del agua, descubríamos
cómo el río era amor
            ¡...y cómo es sueño!




Nicolás del Hierro
Noviembre 98





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